Juicio por la causa Ford: el testimonio de un trabajador que fue...

Juicio por la causa Ford: el testimonio de un trabajador que fue despedido mientras lo torturaban en una celda

Luis María Giusti, ex trabajador y delegado del comedor de la planta de Pacheco, relató como lo detuvieron el 24 de marzo del 76 dentro de la fábrica. Sus días en un calabozo, las torturas, simulacro de fusilamiento y la respuesta perversa de los directivos de la empresa, ahora sentados en el banquillo.

Compartir

Por Sebastián Weber y Emiliano Biani

Luis María Degiusti tenía 17 cuando entró a trabajar para lavar ollas en uno de los comedores de la planta de General Pacheco de Ford. A veces se juntaba a jugar al fútbol en una canchita que había dentro del predio. Allí, no solo se distendía sino que también se enteraba de la situación de sus compañeros. Un día les contaron que la patronal había despedido a dos personas que se habían afiliado al sindicato Gastronómico y decidieron ir a anotarse al gremio todos juntos. Unos días después, Luis fue elegido como delegado del comedor y pasó a formar parte de la Comisión Interna de la fábrica. “En el comedor éramos famosos. Nos reconocían que habíamos conseguido victorias luchando pero sin dejar de trabajar”, relató hoy Degiusti, que el 24 de marzo de 1976 fue secuestrado por la dictadura cívico-militar que se había instaurado ese mismo día.

El testimonio del ex empleado y delegado gremial de la fábrica fue parte de la audiencia que se realizó en el marco del juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos contra 24 trabajadores en la planta. Frente a los jueces Mario Gambacorta, Osvaldo Facciano y Diego Barroetaveña del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 1 de San Martín, Giusti recordó aquellos años dolorosos y respondió las preguntas de los abogados Tomás Ojea Quintana y Elizabeth Gómez Alcorta, que representan a la querella de los obreros de la fábrica. Además también contestó las dudas planteadas por la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires, la Fiscalía y la defensa de los investigados.

El día del golpe de estado, Giusti trabajaba a la tarde. Alrededor de las 20 comía empanadas hasta que un empleado le avisó que lo estaban llamando. Salió fuera de la planta de Montaje con su compañero Jorge Constanzo y dos militares los agarraron. “Hubo un pequeño forcejeo, pero tenían armas largas y la verdad que mucha resistencia no pusimos”, explicó Giusti al tribunal. Después, declaró que vio que tiraron a Constanzo en debajo del asiento del acompañante de un Falcón verde. A él lo revolearon en la parte de atrás y los vendaron.

Cuando terminó de hablar, el presidente del tribunal le pidió si podía ubicar en un croquis del predio de la Ford de Tigre cuál era el recorrido que habían hecho arriba del auto y donde los habían llevado. Giusti se paró y con el dedo índice marcó un camino hasta que se detuvo en el Centro de Recreación de la planta. “Primero nos llevaron acá. Nos metieron en un quincho que estaba todo tapiado por lonas y nos pegaron piñas y patadas -contó y siguió-. No puedo asegurar cuantas horas estuvimos ahí dentro pero fueron dos o tres. Para mi fue eterno”. Después, contó cómo los introdujeron nuevamente en el vehículo y los sacaron del lugar por la Puerta 1, la entrada y salida principal para empleados y clientes.

Giusti recordó que en el recorrido se le corrió un poco la venda y pudo ver que estaban cerca de la fábrica de Terrabusi, no muy lejos de Ford. Hasta que los agentes pararon el auto y escuchó cómo lo bajaban a Constanzo. A los pocos segundos, oyó un disparo. Después, lo buscaron a él. Le apretaron la frente contra la caja de una camioneta y sintió como le apoyaron la punta de una escopeta en la nuca.

-¿Quién sos? ¿A qué te dedicás? ¿Qué sos?, le preguntaron a gritos.

-Soy argentino y peronista, respondió Giusti.

-Ahora te vamos a matar. Gatillaron pero no salió ningún disparo. “Tenés un segundo más de vida”, escuchó que le dijeron y tiraron un tiro al aire. Giusti pensó que le habían disparado: “Se me ocurrió que me habían matado y que no me había dolido”.

Después del simulacro de fusilamiento, los llevaron a los dos a la Comisaría de Tigre. Allí, se encontraron con Marcelino Reposi, otro empleado de la Ford. Los tuvieron a los tres en un cuartito muy chico durante quince horas hasta que los cambiaron a una celda en el calabozo. Giusti pidió ir al baño y lo dejaron: tuvo que hacer su necesidades sentado en el inodoro con la punta de un fusil en la frente.

En las celdas de la comisaría sabían una cosa a las doce de la noche: cuando sonaba muy fuerte la canción “La Copa Rota”, era porque los iban a torturar. A Giusti nunca le aplicaron la picana eléctrica, pero a su compañero Reposi sí: “Un día estábamos fumando un cigarrillo y escuchamos pasos. Yo lo apagué y me hice el dormido pero Marcelino se quedó despierto. Le dijeron que lo iban a ayudar a dormir y se lo llevaron”. A los cuatro días de estar allí, su familia se enteró y le llevó una frazada que era de su casa. Y también le llevaban comida: aunque antes, los habían ayudado unos chicos de la línea 60 que estaban detenidos y les pasaban sánguches por medio de una soga.

A los doce días los trasladaron en un camión celular a la cárcel de Devoto. “Nos ubicaron a los tres en un pabellón vacío. Lo inauguramos nosotros y en menos de una semana ya estaba lleno”, recordó Giusti. Allí estuvieron seis meses y los llevaron a la Unidad 9 de la cárcel de La Plata donde estuvieron otros cuatro meses. Una medianoche de 1977 les dijeron que los iban a soltar. Les dieron un certificado de libertad y los dejaron en libertad. Mientras caminaban hacía la puerta de la cárcel, los iluminaron con un proyector de luz. “Todavía siento el calor en la nuca de cómo nos enfocaban. Pensé que nos habían sacado para matarnos”, dijo Giusti. Después, se tomaron un colectivo hasta Retiro y él se tomó el tren hasta Benavídez.

Giusti volvió a la fábrica a cobrar su último sueldo. Cuando estuvo detenido, la patronal le había enviado un telegrama a su familia para que se reincorpore en el trabajo, y 20 días antes de que lo liberen también mandaron uno de despido. “Se cae de maduro que tenían conocimiento de que me iban a soltar”, explicó el ex trabajador. Y concluyó con unas pocas palabras y un pedido explícito a los jueces del tribunal: “Confío en ustedes para que haya aunque sea un poco más de humanidad”.

Una de las particularidades de este juicio es que no sólo se juzga la parte militar que estuvo involucrada en los crímenes ocurridos en la fábrica, sino también a los civiles que fueron cómplices. Los imputados en la causa son tres: el ex gerente de Manufactura de la automotriz Ford, Pedro Müller, el ex jefe de Seguridad de la planta de zona norte, Héctor Francisco Sibilla, y el ex jefe del Cuerpo IV del Ejército, Santiago Omar Riveros. Además, había estado procesado Guillermo Galárraga, ex gerente de Relaciones Institucionales de la fábrica que murió en 2016 con 93 años. Y también debería estar acusado Nicolás Courad, presidente de la empresa que falleció en 1989. Por otra parte, los que representan al Ministerio Público Fiscal en la acusación son los fiscales Jorge Auat y María Ángeles Ramos.

Las audiencias del tribunal de la calle Pueyrredón al 3728 del partido de San Martín continuarán el martes 17 de abril. Todas las partes aseguran que se espera un juicio largo: darán testimonio más de setenta personas relacionadas con la causa.

Dejar una respuesta