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Juicio por la causa Ford: el relato de un delegado entregado por los ex gerentes

El testimonio de Adolfo Omar Sánchez, delegado del área de sub-armado de la automotriz. Diario de un histórico proceso que tiene en el banquillo a los responsables civiles de la privación ilegal de la libertad y aplicación de tormentos a 24 trabajadores de la planta de Pacheco.

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“A usted lo aprecio. No vaya a ser que le pase algo”, le dijo un ex gerente de la planta de Pacheco de Ford al operario Adolfo Omar Sánchez en 1975. Lo hizo poco después de ofrecerle cinco millones de pesos argentinos para que se vaya de la automotriz por su actividad gremial. Pero no aceptó. Entonces, vino su detención forzada y el apriete.

El testimonio del ex empleado y delegado gremial de la fábrica fue parte de la audiencia que se realizó hoy en el marco del juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos contra 24 trabajadores en la planta. Frente a los jueces Mario Gambacorta, Osvaldo Facciano y Diego Barroetaveña del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 1 de San Martín, Sánchez recordó aquellos años dolorosos y respondió las preguntas de los abogados Tomás Ojea Quintana y Elizabeth Gómez Alcorta, que representan a la querella de los obreros de la fábrica.

Según Sánchez, dos semanas antes del golpe de Estado ya se veía movimiento del Ejército en los alrededores y dentro de la planta. Pero el 24 de marzo de 1976, fue todo más brusco. “Ese día fui a trabajar como cualquier otro. En la entrada estaban los militares y tenían un listado de personas. Yo presenté mi credencial y estuve como tres horas hasta que me dejaron pasar”, comentó Sánchez. Apenas pudo ingresar, se dirigió a la oficina del cuerpo de delegados y no se sorprendió cuando la vio reventada: se habían llevado mesas, sillas y hasta la puerta.

“En ese cuarto de delegados teníamos una investigación que se había hecho por una denuncia a gerentes de Ford debido a que la empresa entregaba vehículos que a los dos mil o tres mil kilómetros se devolvían. Teníamos todo el reclamo encarpetado en un armario”, explicó Sánchez frente al tribunal

-En ese momento, cuando entraste a la oficina de delegados ¿pudiste verificar que esos archivos no existían más?, le repreguntó el abogado Ojea Quintana

-No existía más el armario. Se lo habían llevado.

Luego, Sánchez se cruzó con el capataz general Castañeira. “Ahora mandamos nosotros, ustedes a laburar porque se les acabó la joda”, les dijo a los trabajadores. “Yo era joven y un poco de miedo tenía -explica Sánchez y relata que la fábrica estaba llena de militares que caminaban con los fusiles en la mano-. Hasta que me avisan que una cajera estaba llorando porque se habían llevado a tres delegados del comedor”. Al delegado le dijeron que se los habían llevado a uno de los quinchos donde ellos jugaban al fútbol, comían asado y siempre se encontraban abiertos. Pero cuando llegaron los vieron todos “forrados” con lonas o nylon. Y aunque quisieron preguntar que pasaba, unos oficiales del ejército los apuntaron con bayonetas y los echaron del lugar.

“Se acabó la actividad gremial en Ford. Tienen que colaborar con la empresa y mejorar la producción”

El viernes 26 volvió a trabajar y entró como cualquier día. Pero sentía más hostigamiento por parte de los capataces y la presencia de los militares era más fuerte. Le explicaron que iban a tener una reunión con el gerente de Relaciones Institucionales, Galárraga, en el primer piso. “Se acabó la actividad gremial en Ford. Tienen que colaborar con la empresa y mejorar la producción -les dijeron los empresarios-. Larguen la paleta porque la pelota ahora la tenemos nosotros”. Mientras bajaban las escaleras para volver a trabajar, Galárraga volvió a comentarles algo.

“Y ya que están le van a mandar un saludo a un amigo mío”, cuenta Sánchez que dijo el gerente. Y cuándo los obreros le preguntaron a quién, este respondió: “A Camps”, en referencia al general Ramón Camps, quien estuvo a cargo de varios centros clandestinos de detención.

Pero los compañeros no se percataron del mensaje que les destinó el gerente. Por el contrario, cuenta Sánchez, se confundieron el apellido con una persona que remaba con ellos en un club de San Fernando. Unas semanas más tarde se iban a enterar lo que les había querido decir. “Después de esa charla nos sentimos con miedo de ir presos y decidimos que el lunes 29 de marzo nos juntábamos e íbamos a presentarnos en la Comisaría de Tigre a explicar que ninguno tenía antecedentes policiales”, declaró Sánchez.

Pero ese día no llegó. El domingo 28 Sánchez se encontraba jugando con sus dos hijos en la cama. Eran las ocho y media de la noche y había estado trabajando todo el día con su suegro en la casa. Hasta que el hombre sintió una frenada y miró por la persiana: una persona le mostraba una credencial de Ford al padre de su señora y le preguntaba si el de la foto vivía allí. Eran seis agentes de civil en dos vehículos. Cuando entraron tres militares a su habitación les gritó: “Matenme acá”. Pero se lo llevaron junto con un pasacalle en el que se leía: “Bienvenido Mi General, SMATA presente”. Lo tiraron en el piso de un auto -según Sánchez un Torino, aunque un vecino aseguró que era un Falcon- y lo golpearon en la espalda y en la nuca.

“En el auto fuimos a buscar al delegado de la línea de carrocería, Carlos Chitarrone, al delegado de la línea de prensa, Pastor José Murúa y a Juan Carlos Ballestero, que no estaba en su casa”, declaró Sánchez. Durante el viaje, se le levantó la capucha y pudo ver que estaba en la Panamericana y leyó un cartel donde decía “Escobar”. En ese momento recordó que los secuestradores les habían dicho que los iban a tirar al río y entendió que los estaban llevando al Paraná. Cuando los bajaron del auto Sánchez escuchó barcos, pero los habían llevado a la comisaría de Ingeniero Maschwitz. “Apenas entramos nos hicieron un simulacro de fusilamiento y nos preguntaron por nombres que no conocíamos -relató y siguió después de tomar un poco de agua-. Después nos tiraron en el calabozo”.

“Apenas entramos nos hicieron un simulacro de fusilamiento. Después nos tiraron en el calabozo”

Sánchez estuvo tres o cuatro días sin comida ni agua hasta que les dijeron que los iban a dejar en libertad. A la noche comieron un asado con los policías de la comisaría y les explicaron que “por seguridad” los iban a trasladar a una comisaría de Tigre. “Nos llevaron como a cinco o seis en una estanciera vieja. Sin ser esposados ni encapuchados -contó Sánchez- Pero apenas llegamos allá, recibimos la bienvenida”. Cuando se bajaron del vehículo, una patota de militares los encañonó, los golpeó y los llevaron con la cabeza gacha a los calabozos. En una celda de un metro por dos los metieron a él, a Chitarrone, a Murúa y al delegado de matricería Juan Carlos Amoroso.

En ese calabozo escuchaban cómo todas las noches llamaban a alguien para torturar. Y además, fue la primera vez que oyeron por radio el nombre completo del general de brigada Ramón Juan Alberto Camps, jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires en 1976, y entendieron lo que Galárraga les había querido decir el último día que pasaron en la planta de Pacheco. Allí fueron entrevistados también por un “teniente” que les dijo que los de Ford iban a quedar en libertad “en seguida”.

En mayo los trasladaron a la cárcel de Devoto: fueron en un camión celular con gente de Ford, de los astilleros Astarsa y de la empresa Terrabusi. En la parte de atrás del auto hacía unos sesenta grados y apenas se bajaron del vehículo las torturas continuaron con golpes e insultos. Sin embargo, en ese lugar los blanquearon y pudieron recibir visitas. Lo fueron a ver su señora con sus hijos, su hermana. Aunque no mejoró: la familia también era violentada cuando iba a verlo a él. Allí, Sánchez se enteró que la automotriz le había enviado un telegrama de despido en el que mencionaba que aplicaban la Ley de Subversión.  

El último traslado que tuvo fue a la unidad 9 de la cárcel de La Plata. Lo ubicaron en el pabellón 15. La primera esperanza que tuvo fue que el 9 de octubre salió en libertad su compañero Chitarrone. “Pensé que para el 12 yo podía llegar a pasar mi cumpleaños en familia”, comentó Sánchez. Pero no: lo liberaron recién a mediados de enero del 77. No le dieron ningún papel ni ninguna recomendación. Se tomó un colectivo hasta la estación de Retiro y se tomó el tren Mitre hasta Tigre.

“La policía me siguió visitando en mi casa. A veces venían patrulleros y yo salía. Hasta que en 1982 me fui a la comisaría de Tigre a hablar y me dejaron de joder”, explicó Sánchez. El hombre no volvió a la fábrica en esa época. Fue después, en el marco de la causa judicial, para hacer un reconocimiento de los quinchos de la planta con una jueza.

“La policía me siguió visitando en mi casa”

Una de las particularidades de este juicio es que no sólo se juzga la parte militar que estuvo involucrada en los crímenes ocurridos en la fábrica, sino también a los civiles que fueron cómplices. Los imputados en la causa son tres: el ex gerente de Manufactura de la automotriz Ford, Pedro Müller, el ex jefe de Seguridad de la planta de zona norte, Héctor Francisco Sibilla, y el ex jefe del Cuerpo IV del Ejército, Santiago Omar Riveros. Además, había estado procesado Guillermo Galárraga, ex gerente de Relaciones Institucionales de la fábrica que murió en 2016 con 93 años. Y también debería estar acusado Nicolás Courad, presidente de la empresa que falleció en 1989. Por otra parte, los que representan al Ministerio Público Fiscal en la acusación son los fiscales Jorge Auat y María Ángeles Ramos.

 

Las audiencias del tribunal de la calle Pueyrredón al 3728 del partido de San Martín continuarán el martes 3 de abril. Todas las partes aseguran que se espera un juicio largo: darán testimonio más de setenta personas relacionadas con la causa.

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