La huella de Rodolfo Walsh en el Delta, a 40 años de...

La huella de Rodolfo Walsh en el Delta, a 40 años de su asesinato

Eligió refugios sobre el Río Carapachay, en busca de intimidad y concentración pero también para estar más cerca del Delta como fuente de inspiración. En los ‘70 solía llegar con la última lancha del viernes, y se iba con la última del domingo. Rodeado de amigos y colegas, su última casa isleña se llamó Liberación: su allanamiento es mencionado en la primera línea de la Carta Abierta.

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Walsh en la casa Lorelei, a fines de los '60.

“La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos”, enumeró Rodolfo Walsh en las primeras líneas de su Casta Abierta a la Junta Militar, difundida el 24 de marzo de 1977, para denunciar el accionar de la dictadura cívico-militar. “En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”, advirtió en su célebre carta. Un día después de ponerla en circulación, fue acribillado y llevado al centro clandestino de detención que funcionó en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). A 40 años de su asesinato y mientras su carta y toda su obra son recordadas en homenajes por doquier, el Delta también lleva la marca indeleble del paso de Walsh por sus islas.

El allanamiento de su casa en el Tigre, ese hecho que mencionó en la primera línea de su carta abierta, se produjo el fin de semana del 18 y 19 de septiembre de 1976. Justo ese día, Walsh y los suyos no habían viajado a la isla. El escritor solía llegar en la última lancha de los viernes y marcharse en la última de los domingos. Compartía esa casa, sobre el 459 del Río Carapachay, con su compañera Lilia Ferreyra. La alquilaban desde 1971; antes habían estado en otra, llamada Lorelei, sobre las mismas aguas.

“En la casa de Rodolfo Walsh todavía cantamos”, se lee en la última casa que habitó en el Delta.

La casa allanada, donde hoy una placa recuerda quién vivió allí, se llama “Liberación”. Pero quien la bautizó no fue Walsh sino un inquilino anterior. Según contó Lilia a Página 12 allá por 2011, tampoco es cierto que su compañero descubrió y mantuvo esa denominación. Dijo que supo el nombre del muelle muchos años después, cuando volvió de México, porque estaba escrito en un cartel tapado por un cerco de ligustrinas. “Para nosotros siempre fue ‘Muelle 459’ en Carapachay, incluso lo singular es que vivíamos en ese momento en Tucumán 458, y decíamos: nos pasamos del par a lo impar”, recordó.

En el Delta, donde se inspiraba, Walsh estaba rodeado por amigos y colegas. “En la primera casa había un profesor de Bahía Blanca, vinculado a la Juventud Peronista, casado con una ex mujer de Pipo Mancera, y una de las hijas de Pipo, que iban todos los viernes al Delta y volvían los lunes a la mañana. Al lado, estaba la casa de Rodolfo. Un puentecito, y nuestra casa; después seguía la casa de un isleño que no iba nunca, y luego la casa de Rapoport: así era la orilla del Carapachay”, relató también al matutino Julia Josefina “Chiquita” Constenla, casada con Pablo Giussani , ambos periodistas.

Casa Lorelei, sobre el Río Carapachay.

Los textos de Rodolfo Walsh llevan la marca del Delta. Incluso algunos tan emblemáticos como “Operación Masacre”. Según reconstruyó Gustavo Moure en la revista 7 Días, cuando el periodista escuchó la frase “hay un fusilado que vive” supo que necesitaba algo más de intimidad. Fue entonces cuando alquiló Lorelei. Allí se refugió con un revólver, su máquina de escribir y una cédula falsa con el nombre de Francisco Freyre, para dar origen a lo que sería la génesis de la “novela de no ficción”.

Pero el Delta también fue fuente de inspiración en sí mismo para Walsh. Y lo volcó en palabras en una crónica como “Claroscuro del Delta”, publicada en 1969 en la revista Georama. Con su pluma y su mirada reconstruyó en ese texto las delicias pero también las peripecias de la vida isleña. “Después de recorrer en menos de tres horas loas 130 kilómetros que separan Tigre de Ibicuy, descubrimos que ni en el puerto habilitado para buques de ultramar ni en el cercano pueblo de Holt había una gota de nafta”, protestó en un largo relato con el que seguramente coincidirían muchos isleños de hoy. La crónica puede leerse en el libro El violento oficio de escribir, que compila la obra periodística de Walsh.

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