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Jorge está preso hace siete años y todavía le falta uno para quedar en libertad. La Justicia lo condenó porque robó una finca y le apuntó en la cabeza al dueño de la casa. No era la primera vez que cometía un delito: ya había cumplido dos penas en cárceles diferentes. Pero en la Unidad Penitenciaria N° 48 de San Martín encontró algo distinto: hace cuatro meses se unió a Los Espartanos, el equipo de rugby del penal. Ahora, el hombre elonga los músculos y da saltitos que levantan el polvo de la cancha donde entrena en la cárcel. Estira sus medias, se ata los cordones de los botines y se pone la camiseta amarilla y naranja, los colores de su equipo.

“Nunca es tarde para rescatarnos”, dice Jorge a El Argentino ZN, mientras espera para entrar a jugar. Muestra unas cicatrices violetas en sus manos y en el torso. “Son puñaladas, je”, explica. Después, se levanta el pantalón y cuenta cinco balazos de goma. Antes de conocer a Esparta -como llaman al equipo- la pasaba mal en el penal. Pero cambió cuando empezó a entrenar y a codearse con sus compañeros. Hace unos días le mandó una carta de arrepentimiento al dueño de la casa donde robó. Aunque todavía no tuvo una respuesta, sonríe cuando lo cuenta. “Hace tiempo tenía pensamientos negativos. Gracias al rugby ahora disfruto de cosas que no veía”, comenta.

La UP N° 48 del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) se encuentra sobre el Camino del Buen Ayre, en la localidad de José León Suárez. Por allí, todos los días, pasan cientos de camiones que se van vacíos y vuelven llenos de residuos para depositar en el CEAMSE. En el complejo carcelario también se alojan la UP 46 y 47. Pero la mayoría de los autos que entran pasan de largo estas dos unidades y siguen derecho hasta el puesto de control del fondo.

-¿Viene a ver el entrenamiento?

Pregunta el guarda antes de levantar la barrera. Obtiene siempre la misma respuesta: “Sí”. El único auto que pasa sin interrupciones es el de Eduardo “Coco” Oderigo, el entrenador de Los Espartanos.

Foto: Sebastián Weber.

-Buen día Nico, ¿cómo va?, saluda Oderigo y levanta el pulgar.

Oderigo es abogado penalista y ex jugador del SIC. Trabajaba en tribunales y en 2009 un amigo le pidió si podían ir a conocer una cárcel. “Se pensaba que yo las recorría pero nunca había ido a una”, cuenta. En marzo caminó la UP N° 47 y pensó que tenía que hacer algo. Al poco tiempo volvió y recorrió la UP N° 48 por los puestos de control de los paredones. Estaba junto al presidente de la unidad y, cuando vio la cancha pegada a los límites del penal, le dijo: “Yo les voy a enseñar a jugar al rugby a los presos”.

Los jugadores no confiaron de él la primera vez que fue. Tampoco creyeron que iba a volver. Pero lo hizo. Empezó a entrenar a algunos hasta que el grupo se fue consolidando. “Explicamos los valores del rugby: que dentro de la cancha no se miente, que se respeta al referí y también al compañero. Que hay que jugar con humildad”, dice Oderigo sin dejar de mirar la práctica y dar indicaciones a los gritos.

La UP N° 48 está conformada por doce pabellones. Los Espartanos lograron algo que era impensado para el penal: trasladar a todo el equipo al número ocho. Allí, los niveles de violencia bajaron y todos se ven como compañeros de un equipo. En la cancha pasa lo mismo: los jugadores se dan la mano, se abrazan y se explican cosas del juego entre ellos.

“Coco y todo el cuerpo técnico vienen los martes a las nueve y media. Entrenamos, jugamos y se van al mediodía”, comenta Ezequiel. Él está preso por robo calificado desde hace cinco años. Dice que empezó a valorar la vida desde que juega al rugby. “Cuando vengo acá descargo todos mis quilombos y veo a gente que me apoya”, explica antes de salir a jugar. Durante el partido de entrenamiento, le hace un tackle fuerte y tira al piso a un compañero. Discuten un poco y dejan pasar la bronca. Minutos después se ríen juntos. “¿Te pensaste que te me ibas a ir?”, lo carga.

Ezequiel explica que el equipo no entrena los martes únicamente. Los días que están solos practican entre ellos de una a tres de la tarde. Y después hacen gimnasio en las celdas. “Los Espartanos somos eso. No tenemos ni calor, ni frío, ni hambre ni sed”, describe.

El cuerpo técnico también llega al pabellón ocho todos los viernes para rezar el rosario. La espiritualidad es una de las cuatro columnas vitales de las que se ocupan en Los Espartanos: las otras son el deporte, la educación y el trabajo.

Foto: Sebastián Weber.

“En las 55 unidades penales de la provincia de Buenos Aires hay 33.000 internos con un índice de reincidencia en delitos del 65%. Quienes practican rugby en las cárceles sólo tienen un índice de reincidencia del 1%. Hay equipos de rugby en otros 18 penales”, asegura Oderigo en el documental “Los Espartanos, no permanecer caídos”, que se estrenó en octubre de 2015. La película, producida por Atómica Producciones, hace un repaso por el equipo y la historia de algunos jugadores.

El documental muestra el despliegue del SPB cuando Los Espartanos compiten fuera del penal. Uno de los partidos más importantes que jugó el equipo fue en el Estadio Único de La Plata, contra jueces, fiscales, abogados y ex Pumas. Pero no fue la única salida de relevancia: a fines del año pasado, treinta espartanos -diez ya estaban en libertad- visitaron al Papa Francisco en el Vaticano.

“En las 55 unidades penales de la provincia hay 33.000 internos con un índice de reincidencia del 65%. Quienes practican rugby en las cárceles tienen un índice del 1%.”

“Lo más gratificante es ver que los que recuperan su libertad no se quedan neutros. Cuando vuelven a sus barrios copian el ejemplo y hasta algunos armaron un equipo en sus zonas”, dice Oderigo. Con los brazos cruzados analiza cómo entrenan sus jugadores. Todos los martes recibe alguna visita especial en el penal. Ahora mira cómo los Pumas Nicolás Sánchez, Joaquín Tuculet, Julián Montoya y Matías Moroni practican con Esparta. Los de la selección argentina armaron un circuito con cuatro ejercicios por el que pasan de a grupos. La mayoría aprovecha y les pide un autógrafo o una foto.

-Dale, che. La fotito para después que estamos entrenando, grita Ezequiel mientras trota con la pelota ovalada en la mano.

El partido de entrenamiento empieza a las diez y media de la mañana. Jorge espera apoyado contra las rejas para entrar a jugar. Habla sobre su sobrina y el mate, pero sigue con los ojos a la pelota. “Yo quiero volver a mi casa y poner un comedor para chicos. Me pensaba que daba el ejemplo andando enfierrado y drogado. Pero ahora entendí que pue…”, deja de hablar cuando escucha un silbato. Corre hasta la mitad de la cancha callado y se prepara. Se olvida que dejó una frase por la mitad. Pero su mensaje quedó claro.

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