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El ex Redondos y Abuelos se presenta en San Isidro con los Funky Torinos. Foto: Celeste Urreaga

“Antes que lo haga otro, decidí de forma magnánima subir el disco a las plataformas virtuales. El que quiera aportar al Torino, bienvenido sea”. Willy Crook está entusiasmado con lo nuevo de los Funky Torinos. El grupo con el que sedujo hace dos décadas en base al groove elegante de su bohemia, vuelve con una formación integrada por Leonel Duck en piano, Esteban Freytes en bajo y Juan Cava en batería.

“X” es el álbum en cuestión, un EP de seis canciones con las participaciones de la cantante Deborah Dixon y del recordado percusionista Bam Bam Miranda –“Un músico muy bien considerado en el mundo entero, que decidió afincarse en el cuarteto. Encontré un recitado de su autoría de la época de ‘Fuego amigo’ y me pareció que era un buen modo de homenajearlo”-, suelta Crook, con sincera admiración y algo de nostalgia. Porque “Fuego amigo” es hacia donde hay que viajar para escuchar las últimas nuevas canciones de Crook: diez años en un tiempo marcado por los escenarios y los proyectos de ocasión. “Los curadores de heridas bien la mencionan como una etapa mustia. Ahora voy a tocar temas con mucho tiempo de preparación”, adelanta el guitarrista y saxofonista antes de la presentación en el Centro Cultural San Isidro.

-En estos diez años nunca dejaste de tocar en vivo. ¿Disfrutás más del escenario que del estudio?

-Depende, todo es divertido o aburrido según el momento, como la cama. Depende si tenés ganas de soñar o con quién. Ahora tengo la ventaja de un estudio instalado en casa, lo cual es una bendición.

-¿Por qué no se formó una sólida escena funk como sí ocurrió con otros géneros?

-Las pocas cosas que escucho son muy parecidas entre sí, pero tampoco salgo mucho porque encontrar lugar para estacionar es un problema. Lo que no entiendo es la necesidad que tienen las bandas de ponerle el ritmo que hacen al nombre. Yo lo hice por un chiste de Pettinato, no sabía que iba a definir tanto. Pero creo que algo se está moviendo, el funk es muy canchero e insolente, se lleva bien con todos los tapizados; a diferencia del blues, que es la base de todo, pero es para algunos momentos, y para algunas personas, en particular.

-¿Y con el jazz como te llevás?
-Ahí me siento un infiltrado. Mis músicos, en cambio,  son prodigios jazzeros que me superan en escuela y con quienes coincido en la onda. Lo que me gusta del jazz es la idea de la improvisación,  que permite la equivocación dentro de la búsqueda.

-En algún momento te manifestaste hastiado del saxofón. ¿Cómo es tu relación actual?

-Después de pasar por Los Redondos, Los Abuelos y Lions in Love empecé a pensar en la música en completo y la guitarra permite flotar. Me fue útil para marcar la atmósfera, de las rítmicas, en el mundo de los guitarristas es no ser un guitarrista, y a mucha honra, no ando despilfarrando el saxo, lo pongo cuando lo pide el tema.

 

El juego de los números redondos
El año próximo se cumplen 20 del álbum debut de los Funky Torinos, un disco que fue reivindicado de manera cíclica por las nuevas generaciones. “Es muy afrodisíaco: han nacido muchos pibes culpa de ese disco, y hay remeras que así lo atestiguan. Lo que más me sorprende es la cantidad de tiempo que pasó, pero no me arrepiento de nada: tiene un sonido muy cutre, de bajo presupuesto, con grandes músicos, que le dio una atmósfera formidable a una buena idea casual que tuve”, evoca el músico.

-También se están celebrando 50 años de los comienzos del rock nacional. ¿Sigue siendo un movimiento contracultural?

-Veo un rock muy nutrido de gente e ideas, que no necesariamente saben que existió lo contestatario, esa época en que los capos empezaban y en la que tocar rock estaba prohibido. Los chicos de veinte son muy piolas y hacen su propia música, tienen buen paladar, saben quién es Manal, tienen mucha información. Y respecto al poder, no hay donde pelearse: somos esclavos voluntarios del sistema.

-Cuándo vos empezaste en la música también había un clima represivo.

-Sí, en el 82 estaban quienes se creían los jueces de la moral, pero todos mis amigos eran grandes y crecí en ese ambiente ilustrado, culto y progresista. En Villa Gesell escuchábamos Los Beatles de forma clandestina, conocí “El lado oscuro de la luna”, que es el disco que me reventó la cabeza y me demostró que hay vida antes de la muerte. Y mucho Sui Generis, lo que más curtí fue el maldito Charly García. Debería ser obligatorio conocer a García o a Javier Martínez, artistas formados en otro contexto: querían cambiar el mundo, y en algún punto lo cambiaron. Hoy su música se enseña en los colegios.

-También se cumplieron los 30 de “Oktubre”, tu último disco con Los Redondos y una obra clave del rock nacional. ¿Eras consciente de lo que podía ocurrir?

-Se veía un constante progreso, se sabía que algo que iba a pasar pero nunca imaginé el movimiento social que me encontré cuando volví al país en 1991. Me fui de Los Redondos en el momento justo, fue de los pocos divorcios a punto que hice. Los que me recriminaron haberlo hecho, fijaron en el precio y no el valor. Me abrí siguiendo la enseñanza de Patricio Rey, y eso es lo que siempre me mantuvo la puerta abierta para volver.

*Willy Crook & The Funky Torinos se presenta el sábado a las 22 en Centro Cultural San Isidro, Av. Del Libertador 16.138. Entradas en venta por el sistema TuEntrada

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