Un frigorífico, un barrio y un proyecto inclusivo para acortar distancias

Un frigorífico, un barrio y un proyecto inclusivo para acortar distancias

La historia de un conflicto social que devino en iniciativa solidaria. Cómo nació El Puente, la organización que trabaja por la educación y la igualdad de oportunidades con los vecinos del barrio Villa Sívori, en Munro.

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Roberto Boffi prefiere no ahondar en detalles sobre el saqueo que sufrió en su frigorífico el 21 de diciembre de 2012. Él estaba con uno de sus empleados y escucharon que forzaban la puerta. Vieron que entraban unas diez personas. Con su compañero se defendieron a las piñas y lograron hacer que la gente se fuera. Pero, unos minutos después, un grupo más grande quiso entrar. Esta vez eran cincuenta. Uno de los cabecillas de la banda lo agarró a Roberto y le puso un arma en la cabeza. “Me dijo: ‘Quedate quieto y dejá el celular’- recuerda el hombre, sentado en su oficina- Se llevaron hasta el microondas”. Roberto los conocía a todos: eran del asentamiento urbano que queda en la misma manzana que su empresa, en Munro. Con un gesto de la mano saltea esa época y sonríe cuando habla de la actualidad. Este año creó la organización El Puente y empezó a realizar acciones solidarias para ayudar a los que viven en el barrio conocido como Villa Sívori. El mismo del que llegaban aquellas personas con las que terminó a las piñas.

El nombre El Puente lo eligió una de las hijas de Roberto y significa “llevar de donde sobra a donde falta”. Cuando le robaron, hace casi cuatro años, publicó una carta en las redes sociales. “Les pedimos que nos ayuden a difundir nuestro caso. Estamos intentando que el intendente Jorge Macri o su ministro de Seguridad nos reciban. Tal vez de esta manera entiendan la gravedad de estos hechos y lo hagan”, pedía por entonces. Porque aquel no fue el único episodio que vivió. En abril del año pasado le entraron dos veces y le robaron todas las computadoras de la oficina. Apunta al techo, donde todavía tiene un agujero tapado con cartón. Moviendo los hombros, se pregunta si al Estado le importa. Por eso, explica, empezó a hacer lo que los gobiernos dejan de lado: “Ayudar a los invisibles”.

Cuenta con orgullo que desde la época del levantamiento carapintada de 1987 fue a todas las marchas importantes del país, pero que nunca vio al pueblo movilizarse por los que menos tienen. “Nosotros vamos a trabajar para sacar a la gente de la marginalidad”, señala mientras se prende un cigarrillo. Cuando suelta el humo, articula una frase que repite constantemente como si fuera un aforismo: “Creemos firmemente que la pobreza se puede transformar”.

En El Puente dicen que empezaron a hacer lo que los gobiernos dejan de lado: “Ayudar a los invisibles”.

Roberto tiene 44 años, vive en Martínez y todas las mañanas se despierta a las cinco. Hace deportes, natación y corre. Pero a principios de este año tuvo que parar por un tiempo, por problemas de salud. Aunque deja en claro que el problema es el Estado y no el signo político de cada gobierno, desde el cambio de Presidente se sorprendió de cómo se hablaba en su entorno, con desprecio hacia los que menos tienen. “Me agarró mucha bronca y empecé con dolores en el cuerpo. Hasta que un día me propuse transformar eso en algo real y arrancamos con la organización”, cuenta.

La primera gran actividad que realizaron en el barrio fue para el Día del Niño: pusieron una mesa sobre la vereda para servir hamburguesas, llevaron dos inflables y animadores disfrazados de personajes infantiles. En septiembre, fue el turno de la visita de los Espartanos, el equipo de rugby de detenidos en la Unidad Penitenciaria N° 30 de San Martín. Jugaron al fútbol y luego dieron una charla durante el almuerzo. Explicaron desde sus propias experiencias por qué no está nada bueno ir a la cárcel y profundizaron en los valores del deporte: compañerismo, superación de uno mismo y respeto.

Roberto trae una pelota de rugby y la pisa. Se ríe de lo sucia que está y señala que de color blanco pasó a ser marrón. La ovalada es marca Gilbert, la misma que usan los clubes para los entrenamientos. Luego de la charla con los Espartanos, Roberto empezó a practicar con los más jóvenes. La primera vez que salieron, trotaron por la puerta del Olivos Rugby Club. Una señora que estaba sentada en la entrada les gritó: “Devuelvan la pelota, negros de mierda”. Él agradece que en ese momento no la escuchó. Se lo contaron los demás cuando llegaron a la Plaza Güemes, donde entrenan todos los miércoles y viernes a las seis de la tarde. Corren más de diez cuadras hasta el lugar, juegan al rugby y luego vuelven al barrio.

POR LAS CALLES DE VILLA SÍVORI

-¿Cuál es el barrio?
-Vení que te muestro.

Los que viven en la zona le dicen Villa Sívori y pocos saben que su nombre es Barrio Virgen de Luján. Son dos manzanas entre las calles Eduardo Sívori- sobre la que se encuentra el frigorífico de Roberto-, Bernardino Rivadavia, Armenia y Albarellos. Está compuesto por 240 familias que están divididas en tres grupos: los que estuvieron desde el nacimiento del vecindario, los que formaron parte de una toma y una comunidad de Paraguay. “De a poco vamos encontrando la unión entre todos”, cuenta Roberto mientras saluda a dos vecinos a los que llama abuelo y abuela. Trata de conocerlos a todos. Y todos ya lo reconocen a él.

Un grupo de mujeres charla en el medio de la calle Castro Barros, que divide el barrio en dos. Cuando pasa Roberto, lo saludan. Para las chicas, él consiguió hacer una lista de 25 aspirantes a jugar al hockey en la municipalidad. “El deporte es una herramienta muy importante para mejorar la educación de los pibes”, explica. Algunas experiencias se lo demuestran.

“¿Mañana hay entrenamiento?”, le pregunta un chico desde la puerta de su casa. Él le responde que sí, que obvio. Más adelante, cuatro jóvenes fuman en una ronda. Roberto los interrumpe y les da la mano a todos. A uno lo golpea en la espalda y le comenta que le duele todo de la última vez que jugaron en la placita. Fernando, de unos 20 años, se ríe y responde que él también está “todo roto”. Después, con seriedad, hablan sobre la necesidad de conseguir una cancha para poder practicar en un lugar adecuado. Todos asienten, pensativos.

Roberto es insistente con la educación. Cuando fundó El Puente, esa fue una de las cinco áreas de acción que propuso. Las otras fueron familia, salud, descanso y trabajo. Ya consiguieron la colaboración de profesionales como psicólogos y médicos para asistir a los habitantes del barrio y controlar enfermedades. Además, buscan la cooperación de otras ONG para que les den una mano. Por más que él dice que el eje que más le interesa es el trabajo, siempre vuelve a hablar sobre educación. “Si cada uno de los que me dijo que no me metiera en esto me diera cinco pesos, ya tendría la plata para construir la salita que necesitamos. Esa gente es la misma que después me ayuda con las donaciones. Las clases altas son tan maleducadas como las clases bajas”, dice.

“Si a mí me hubieran dado esta vida, yo sería muy malo y mucho peor que cualquiera”, asegura. Roberto dice que por el factor ‘suerte’ nació con todas las necesidades cubiertas. Y que después aprovechó sus oportunidades. Su mujer trabajaba en telecomunicaciones de aeropuertos hasta que se cayeron las Torres Gemelas en 2001 y la empresa se fundió. Ese año crearon Productos de la Patagonia y comenzaron a vender su especialidad: cordero. En ese entonces, Roberto ayudaba con estudios de márgenes y productos.

“Si cada uno de los que me dijo que no me metiera en esto me diera cinco pesos, ya tendría la plata para construir la salita que necesitamos”.

En 2008 pusieron el frigorífico en Munro, desde donde almacenan y distribuyen a restaurantes, carnicerías y hoteles del país. También, donde ahora Roberto tiene las ventanas de su oficina llenas de dibujos que le regalan los nenes del barrio, pintados con marcadores. Uno de ellos está firmado con verde por un vecinito llamado Lihuel. Se conocieron por primera vez cuando el chico tenía tres años. Lihuel le tocó la puerta a las dos de la mañana y le pidió un poco de pollo. Ahora, Roberto de vez en cuando lo lleva a tomar la merienda.

“¿Cuánto es esto más esto?”, le preguntó una vez el hombre y le mostró dos dedos. Lihuel, con seis años, le respondió que no sabía. “Mi hijo tiene tres años, cuenta hasta cien y sabe hablar en inglés. No puede haber esas diferencias”, reclama Roberto. Ya hizo remeras del barrio que en el diseño llevan una frase de Mandela: “La pobreza no es natural. Es creada por el hombre y puede superarse y erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Y erradicar la pobreza no es un gesto de caridad. Es un acto de justicia”.  Y a cada rato repite la frase que él eligió: “La pobreza se puede transformar”.

El hombre hace mucho hincapié son los sueños. Pide que los niños -y también los grandes- traten de ver más allá de lo que tienen. Cuenta que cuando preparaba listas para  unas cajas navideñas, siempre hacía la misma pregunta a los más chicos: “¿Qué querés ser cuando seas grande?”. Recibía la misma respuesta: “No sé”. Hasta que, por fin, empezó a escuchar a chicos que hacían planes. Que pensaban en un mañana. Por eso, el dueño del frigorífico sonríe cuando relata el diálogo que tuvo con Lihuel:

-Dale, ¿qué querés ser cuando seas grande?- le insistió Roberto.
-Carnicero.

 

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